jueves, 3 de septiembre de 2026

El Tejar y sus recuerdos históricos

La quebrada de El Tejar
Tenebroso aspecto que presentaba la quebrada de El Tejar. Foto: Libro Quito Monumental y Pintoresco. 

 











Tomado del libro Quito Monumental y Pintoresco de Bolívar Bravo Arauz.


Al occidente de la ciudad de Quito y en las faldas del Pichincha, se encuentra un centenario edificio de sólida construcción y severa arquitectura, con suma facilidad se destaca y atrae la atención por su magnitud y uniformidad. 

Desde este lugar se aprecia un horizonte amplio y encantador, sobre todo en los días de verano, con un cielo despejado, ese lugar privilegiado por su tranquilidad y hermosura es El Tejar, que encierra una maravillosa historia

El padre Hernando de Granada, mercedario, uno de los religiosos que vinieron con Benalcázar, solicitó al Cabildo de Quito sitios para edificar el Convento de Nuestra madre de la Merced. Obtuvo como respuesta cuatro solares y dos fanegas de tierras para sembrar. Estas dos fanegas de terreno estaban situadas en el lugar frente a las casas del placer del Inca Huayna-Cápac que ocupaban, lo que actualmente y por este motivo, se llama El Placer hoy donde funcionaba el normal Juan Montalvo. 

Este lugar adjudicado por el Cabildo al padre Granada, muy pronto fue llamado El Tejar, porque en él se instaló el primer tejar que abasteció de tejas a las construcciones de la naciente ciudad de Quito. 

El lugar era solitario y abandonado y pasaron muchos siglos para que Quito avanzara hasta allá; mientras tanto, solo había un galpón enorme donde se fabricaban las tejas, el horno y dos chorras pajizas de los indios gañanes. 

En esta colina, desde donde se domina la ciudad y cuya soledad convida al recogimiento y a la meditación, un santo religioso, el padre Francisco de Jesús Bolaños, en 1733, principió la construcción de la monumental recolección mercedaria con una capacidad para 30 religiosos que quisieran entregarse a una vida más perfecta, siguiendo las huellas del Santo Fundador. Allí concurrían también por dos ocasiones al año, o sea, durante la Cuaresma y antes de Pentecostés, seglares que querían purificar sus conciencias y arreglar su mejor sus vidas. El padre Bolaños fue el apóstol de los ejercicios espirituales para seglares de ambos sexos, construyendo para este fin, adjunto a la recolección, un edificio capaz de alojar a 109 ejercitantes. Estos ejercicios hicieron célebre a El Tejar. 

Parque Hermano Miguel en El Tejar
El Monumento al sabio educador Hermano Miguel, de las escuelas cristianas. Se hallaba ubicado en el parque El Tejar.

Detrás de la Recolección y formando parte de la propiedad mercedaria, se encuentra el cementerio. Hasta 1862 era el único abierto al público, sin que se logre hasta el momento precisar desde cuándo principió a prestar sus servicios. En este histórico cementerio fueron sepultados los combatientes del 24 de mayo de 1822 en el número de 6400 españoles y 200 patriotas. 

En las enhiestas torres de El Tejar, el 24 de mayo de 1822, los quiteños vieron flamear por primera vez el pabellón de Colombia libre. Bajo sus arcadas, durmió arrullado por la victoria y el vencedor de Pichincha, Antonio José de Sucre. El 25 de mayo de ese mismo año, o sea al día siguiente del triunfo, recibió allí a los comisionados del Gobierno español, Coronel Francisco González y Manuel Martínez de Aparicio, para celebrar la capitulación de los comisionados patriotas que fueron los coroneles Andrés de Santa Cruz y Antonio Morales. 

Antes del mediodía del 25, Sucre dejó la recoleta de El Tejar para hacer su triunfal entrada a Quito, que lo aclamaba con frenesí. 

27 años antes de esa fecha, el 28 de diciembre de 1795, la Recolección Mercedaria había recibido en sus criptas a la Ermitas de San José, los mortales despojos de Eugenio, Santa Cruz y Espejo, precursor de la libertad y por lo cual tanto sufrió. 

Allí mismo, en una de esas catacumbas, permanecieron por algunos años, los restos del héroe de Pichincha, Abdón Calderón, los que más tarde fueron a parar a la Catedral de Guayaquil, seguramente llevados por el señor Francisco Javier Garaicoa, Primer Obispo de esa diócesis y tío carnal del héroe en donde fueron descubiertos el 2 de julio de 1948. 

A El Tejar se recogió el señor José Ignacio Checa y Barba para prepararse para el martirio que le esperaba el 30 de marzo de 1877.

(José Emilio Herrera, presbítero)

Esquina de la Imbabura y Olmedo
En esta zona se ubicaba la quebrada de El Tejar y el parque del Hermano Miguel. Ahora (2026) es un centro comercial del ahorro. Foto: Diego Bravo C. 


miércoles, 2 de septiembre de 2026

El barrio La Chilena 300 años después de la trágica leyenda

El letrero que hasta ahora existe en la intersección de las calles Olmedo y Mires. Foto: Diego Bravo C. 

Lo escribió Laura Pérez de Oleas en su cuento La trágica Chilena, publicado en 1962. Una familia aristocrática y adinerada de ese país llegó a Quito, en 1625. Adquirió un terreno en la entonces llamada Subida de la Recolección y construyeron su casa. 

Ese matrimonio tuvo una hija, una niña muy hermosa que acaparaba las miradas de los jóvenes conforme iba creciendo. La escritora la describe como una chica nacarina y bella que emergió de los más bellos jardines de su casa con mucho amor. "Novedosa era en la ciudad la coquetería de la hermosa que se la vio más de una vez en parloteo con los mozos de la vecindad".

La apodaron la Chilena por el origen de sus padres. Múltiples relatos o leyendas comenzaron generarse en torno a su figura e imagen. Una fue que, al observar la procesión de un entierro desde el balcón de su casa, un acompañante le regaló una vela que al otro día se convirtió en el hueso amarillento de un muerto.

Otra historia que reseña Pérez de Oleas: "Que otra noche le habló de amores un apuesto doncel cubierto con una capa negra y roja: que ella respondió apasionada a su reclamo y cuando él la estrechaba en sus brazos, se tornó la capa en un haz de llamas y salvó de ser llevada a los infiernos por Satanás -que era el guapo galán- gracias a una medalla milagrosa que llevaba colgada en su pecho. Todo esto como un castigo a su curiosidad y coquetería". 

Se casó con el caballero chileno Domingo Lastarria y Bastarrachí, a quien los celos y dudas lo amargaron. Ansioso de paz, él dejó la ciudad y se dedicó a hacer trabajos agrícolas que lo alejaban de su casa y familia por largas temporadas. En esa ausencia de su marido, la muerte se anamoró de la Chilena y la persiguió hasta que una vez trató de ahogarla. Arrepentida, ella buscó confesión hasta llegar a un fraile mercedario de la Recolección del Tejar.

El religioso entró al dormitorio de la Chilena para confesarla cuando estaba enferma. Al mismo tiempo, Domingo Lastarria decidió volver y entró a la franciscana ciudad de Quito galopando en su caballo a toda velocidad. Cuando llegó a la casa, encontró a su esposa junto al fraile. Él inclinando su cuerpo hasta casi tocar la boca del rostro pálido de su mujer en delicadas condiciones de salud.

El marido enfureció. La mató de un solo tajo y lo mismo pasó con el monje. En esos momentos, la hermana de la Chilena ingresó al cuarto con un niño en sus brazos. Ella se impresionó tanto al ver la macabra escena que dejó caer al pequeño de sus brazos. "El padre cruel y vengativo, no saciado aún con tanta sangre, juzgando en su ceguera celosa que su hijo era resultado del adulterio de su esposa, lo tomó de los pies y con golpes feroces y repetidos lo despedazó contra el muro...", narra Pérez.

La hermana le reprochó por el crimen y Lastarria huyó en su caballo. Dos días después, en horas de la madrugada, paró con su caballo en la entrada de un poblado donde una mujer hermosa, con un niño de pocos meses, en los brazos, se aceró a él y... "¡oh terror para el delincuente!... habló el niño".

Le dijo:

- Por la sangre inocente derramada lloverá fuego y ceniza en la ciudad de Quito. 

Intercedió la madre: 

- Pero yo me pondré en la puerta y el fuego cesará. 

Lastarria quedó devastado moralmente y físicamente. Se fue a vivir en la Amazonía y no se supo de él...

Año 1 660 

A mediados de 1 660, en Quito apareció un hombre peregrino y de mal aspecto como si fuera un mendigo. Caminaba como si tuviera cuatro patas y entre los dientes llevaba una campanilla para llamar la atención de la gente. En la espalda llevaba un cartel: "Una limosna para un desgraciado criminal"

Recorría las calles de la urbe y siempre se paraba a observar la casa donde mató a su mujer. Estaba abandonada, con los muros carcomidos y los huecos en las puertas fingían las cuencas de una calavera. Nadie quería vivir allí porque la maldición era vigente. Todos comentaban que allí vivían malos espíritus.

Una vez, el hombre intentó ingresar y se arrastró por el patio, la escalera y pisos de madera. En su mente, reconstruyó la tragedia y recordaba lo que le dijo el niño: "Por la sangre inocente derramada lloverá fuego y ceniza en la ciudad de Quito". También las palabras de la bondadosa mujer. 

Se asomó al hueco donde estaba la ventana de la casa y vio deslizar, desde la quebrada, un pequeño y sucio hilo de fango. La tierra tembló de forma súbita muy fuerte y los vetustos muros de la casa vieja se derrumbaron. La ciudad se obscureció por la presencia de una obscura niebla espesa. 

Se percibía un fuerte olor a azufre y corrió lava desde el Pichincha hasta las calles de Quito, arrastrando edificios. La casa de la Chilena donde yacía postrado Domingo Lastarria fue la primera que destruyó el terremoto y la lava volcánica. La vivienda maldita se acabó y también el criminal que terminó con la vida de su mujer e hijo. 

La zona del barrio La Chilena quedó muy afectada por el terrmoto de 1 660 por sus cercanías a las faldas del volcán. Y la leyenda concluye: 

En cumplimiento a lo profetizado a don Domingo Lastarria, hallaron, tiempo después, los sencillos y católicos moradores de Quito, una hermosa estatua de piedra que representaba a la madre de Jesús, con su hijo en los brazos, custodiando los bordes del cráter del Pichincha. Esta imagen se encuentra en la actualidad en la Basílica de la Merced, bajo la advocación de Nuestra señora del Terremoto

¿Qué pasó 300 años después en el barrio?

Juan Carlos Serrato en la casa donde escuchaba las historias de terror. Foto: Diego Bravo C. 

La gente que vive en La Chilena guarda mucho respeto por esta leyenda y siempre la tiene presente. Juan Carlos Serrato, quien vivió allí gran parte de su vida, recuerda que su abuela, hoy de 95 años, conocía muy bien la historia y la transmitió a sus hijos y nietos. 

De hecho, una de las viviendas del sector en las calles Olmedo y Mires tiene un letrero en la parte frontal que dice: "Casa de la Chilena". 

Sin embargo, la dinámica del sector ha cambiado. Hasta la década de 1980, todas las casas del vecindario eran ocupadas por familias enteras con cuatro o cinco hijos. Ahora, esos espacios son bodegas, fábricas o locales de comerciantes chinos. 

Las condiciones de vida eran muy diferentes. En algunas casas varias familias compartían espacios reducidos. En la vivienda donde creció, por ejemplo, llegaron a vivir alrededor de seis familias. 

Los dormitorios podían tener tres o cuatro camas. En una de ellas dormían juntos sus padres, él y su hermana. El baño era compartido y las habitaciones tenían que adaptarse para cumplir distintas funciones. 

En su propia casa tampoco había una ducha. Para bañarse, su madre calentaba agua en la lavandería y la llevaba al baño. El baño semanal era una realidad para muchas familias.

Pero hubo una época en que varias cuadras del sector eran conocidas por la presencia de comerciantes provenientes del Carchi, norte del Ecuador y frontera con Colombia. La calle Olmedo, antes de la construcción de los túneles, tenía una conexión distinta con las zonas altas de Quito. En sus alrededores se instalaron familias procedentes de Tulcán, El Ángel, San Isidro y otros lugares del norte.

Aquella zona fue bautizada como “la de los pastusos”. Había peluquerías, zapaterías, tiendas y pequeños comercios. Incluso existió una antigua peluquería llamada Peluquería Carchi.

La presencia de comerciantes del norte también se reflejaba en la comida. Todavía se recuerdan productos como el cuy, el queso amasado, el mote y el hornado pastuso.

Tiendas que eran cantinas

Allí funcionó (letrero rojo) la famosa tienda de doña Luca en La Chilena. Foto: Diego Bravo C.  

Las tiendas eran otro punto de encuentro. Algunas funcionaban, según Serrato, como cantinas discretas.Recuerda especialmente las tiendas de las doñas Inesita y Marta. Otro local conocido era el de doña Luca. 

La bebida también formaba parte de la vida cotidiana del sector. Entre los recuerdos aparece la llamada “sangre de pichón”, una preparación que era consumida masivamente en los barrios populares de Quito. Consistía en la mezcla de la gaseosa Orangine de Mora con licor anisado o aguardiente tradicional (como Traguito, Gallito o Guagua Montado).

Las cantinas camufladas en tiendas se concentraban en determinadas esquinas y se convirtieron en parte del paisaje nocturno del barrio. 

Las noches de cuentos 

La esquina de la Olmedo y Mires, donde se ubica la casa de la Chilena. Foto: Diego Bravo C. 

Los hoy adultos recuerdan a don Jorge Gavilanes, un vecino recordado como un gran conocedor de las historias de Quito. Tenía una ferretería cerca de la Plaza del Teatro y, según el relato de la gente, tenía una memoria prodigiosa. 

Algunos fines de semana, llevaba a los muchachos a jugar a La Carolina. Para aquellos niños acostumbrados a permanecer en las calles del Centro Histórico, llegar hasta ese parque era casi como viajar a otra ciudad.

Pero las reuniones más memorables ocurrían de noche. Gavilanes reunía a los chicos en el patio de la casa de familia Serrato y comenzaba a contar historias de terror, principalmente La Caja Ronca, La Viuda, La Casa 1028 de Bella Aurora, entre otras.

Los relatos alimentaban la imaginación de los niños y, al mismo tiempo, construían una memoria compartida. Una de las historias que más recuerda Serrato estaba relacionada con el cementerio de San Diego: un hombre que acudía a dejar flores a su novia y terminó muriendo después de que una prenda de vestir quedara atrapada en una rama. "Eran historias que daban miedo, pero al día siguiente, los mismos niños volvían a salir a jugar".

Actualidad

El barrio La Chilena es pequeño y ocupa aproximadamente seis cuadras. Se ubica entre las calles Cuenca, Olmedo, Mires, Cotopaxi e Imbabura. Sin embargo, su historia y tradición es muy rica y fascinante. 

Uno de los aspectos que más llaman la atención es que la mayoría de casas conservan su esencia del ayer, tal como lo destacan estas fotos: 

Una vivienda en La Chilena, a pocos metros de la casa de la leyenda. Foto: Diego Bravo. 

Patio central de una casa tradicional en La Chilena. Foto: Diego Bravo C. 











 

martes, 25 de agosto de 2026

Los personajes de las calles Rocafuerte y Venezuela que vivirán por siempre en el recuerdo

Esquina de la Rocafuerte y Venezuela, en el Casco Colonial de Quito.
Esquina de las calles Rocafuerte y Venezuela. En la gráfica, Rosa Flores (viste falda) frente al heladero Manuel Nicanor. Fuente: Grupo de Quito, fotografías antiguas.

Rosa Flores Revelo nació en Tulcán, provincia del Carchi, en 1905. Llegó a Quito siendo muy joven, cuando apenas tenía 15 años, después de quedar huérfana. Dedicó su vida a la venta de periódicos y revistas en la esquina de las calles Rocafuerte y Venezuela del Centro Histórico. Su puesto se convirtió en el sustento de la familia y en un punto conocido para quienes transitaban por aquella zona. 

Patricio Domínguez es su nieto y vivió con ella desde los siete años. A los nueve comenzó a ayudarla en el negocio diariamente. En las madrugadas debía subir hasta La Victoria, en San Roque, para recibir los periódicos que llegaban desde San Bartolo, donde se imprimían. Después regresaba a la esquina para venderlos.

Esos momentos viven en su memoria y corazón: mientras él voceaba “¡El Comercio, El Comercio!”, su abuela lo esperaba con un termo de leche caliente y un pan con queso y jamón. Quito era frío en horas de la madrugada y aquel desayuno era una forma de entrar en calor antes de comenzar la jornada.

La familia compraba los alimentos diariamente porque en aquella época no existían las refrigeradoras. La carne se adquiría donde una señora Rosita, en la zona de Santa Clara de San Millán; la manteca de cerdo se compraba donde doña Clarita, en San Roque. La alacena de madera servía para guardar los alimentos y permitir su ventilación.

Los personajes de la esquina

Hubo varios comerciantes y personajes que formaban parte de la cotidianidad. Uno de ellos era Manuel Nicanor, conocido por vender helados de mora y guanábana; siempre le ponía un puntito de arrope en la punta de la crema; era muy querido por la gente. También estaba el propietario del Almacén Popular, Jorge Polo, recordado como una persona muy respetada en el barrio.

Frente a estos comercios funcionaba la papelería de Hugo Muñoz Gavilanes, quien distribuía productos estadounidenses de papelería: bolígrafos, stickers, tarjetas y recuerdos. Posteriormente también se convirtió en distribuidor de los cuadernos La Reforma. Patricio Domínguez recuerda que trabajó allí durante su adolescencia, aproximadamente hasta los 15 o 16 años.

Otro lugar especialmente presente en sus recuerdos es la Heladería Caribe, famosa por sus dulces, quesadillas y tortas de chocolate. Una mujer comercializaba huevos cocidos. Mientras vendía, sus productos, solía decir en voz alta: "¡Le pelo el huevo señor! ¡Le pelo el huevo señorita!".  

También recuerda a quienes vendían las tradicionales colaciones y mistelas, dulces que formaban parte del paisaje gastronómico del Quito de esa época.

Una ciudad que parecía más tranquila

Domínguez recuerda que había mucha menos delincuencia y existía una sensación de tranquilidad. Su memoria asocia una imagen de Quito como “isla de paz”ciudad franciscana. No se trata solamente de una descripción histórica, sino de la percepción de cuando era niño y podía recorrer libremente las calles y convertir los espacios públicos en lugares de juego.

Uno de sus sitios favoritos era el pretil de calle Venezuela, con sus pequeños muros y barandas de hierro. Allí imaginaba que era piloto de carreras. Mientras recorría los pretiles, reproducía en su imaginación las transmisiones deportivas de Radio Nacional Espejo y Radio Melodía de la Vuelta Automovilística al Ecuador, dos emisoras que recuerda como grandes referentes del deporte quiteño.

Se imaginaba que era Luis "loco" Larrea al volante y que disputaba cada carrera. Por eso, aquel muro se transformaba en una pista de automovilismo y él, en un corredor que competía vuelta tras vuelta. 

La Navidad también transformaba el sector

El comercio aumentaba y el puesto de la abuela se llenaba de productos propios de la temporada: bombillos, luces navideñas y algodón utilizado para simular la escarcha en los árboles.

La esquina era, según Domínguez, un lugar intensamente comercial. Por eso la esquina no era simplemente un punto geográfico. Era casa, trabajo, escuela de vida y lugar de encuentro.

La memoria de Rosa Flores Revelo

Rosa tuvo cinco hijos, todos quiteños, y falleció en el año 2000, a los 95 años. Su nieto aún conserva una imagen muy particular de sus últimos días. Cuenta que su abuela permaneció lúcida hasta el final de sus días y que continuaba realizando sus actividades cotidianas: cocinar, limpiar y lavar.

Quince días antes de su muerte había fallecido una de sus nueras, pero la familia decidió no contarle la noticia para evitarle sufrimiento. Una noche, sin embargo, Rosa dijo que había venido a verla Maruja, la esposa de su hijo Carlos, y que le decía que se fuera con ella. La familia quedó sorprendida porque Rosa no sabía que Maruja había fallecido.

Según el relato de Domínguez, aquella misma noche Rosa se quedó dormida y murió tranquilamente al día siguiente.Conserva este episodio como una de las últimas y más conmovedoras historias.

El pan de los Quisimalín

Entre los recuerdos aparece también el antiguo pan que llegaba desde Ambato y que se vendía en un mercado ubicado en las cercanías del penal García Moreno.

El entrevistado recuerda panes de queso, de mantequilla, de yema y con carne. Los describe como una verdadera delicia y asegura que, aunque ha intentado encontrar aquel sabor incluso viajando a Ambato, nunca volvió a encontrarlo.

Esos recuerdosson importantes porque permiten reconstruir la ciudad desde los sentidos: el olor del pan recién llegado, la leche caliente de la madrugada, la manteca de cerdo, los helados de mora y guanábana, las quesadillas y las tortas de chocolate.

La esquina del movimiento

La esquina del movimiento en los 70. Fuente: Esteban A. Pictures. 

Uno de los datos más interesantes es que aquella zona (Rocafuerte y Venezuela) era conocida popularmente como “la esquina del movimiento” por la presencia de comerciantes, periódicos, papelerías, alimentos, niños, compradores, trabajadores y transeúntes confluyendo diariamente.

La fotografía de Rosa frente al Almacén Popular constituye un vínculo material entre aquella memoria oral de la gente y los recuerdos del Quito antiguo.

La historia de esta esquina no está solamente en sus edificios, en los registros catastrales o en las imágenes antiguas. Está también en la voz de quienes crecieron allí. En la abuela que esperaba a su nieto con leche caliente antes del amanecer; en el niño que imaginaba ser piloto de carreras sobre los pretiles; en los helados de don Nicanor; en la papelería de Hugo Muñoz Gavilanes; en los periódicos voceados por las calles; en el pan que llegaba desde Ambato y en los comercios que convertían aquel lugar en un punto de intercambio comercial y amistad. 


domingo, 23 de agosto de 2026

El pan de Quisimalín, un sabor en el olvido del San Roque antiguo

Las afueras del antiguo Mercado de San Roque, hoy llamado Mercado de San Francisco. Fuente: Quito Informa.

El mercado de San Roque guarda recuerdos que perviven en la memoria de los quiteños de antaño, pero también hay historias que se han olvidado con el tiempo. Tal es el caso del pan de Quisimalín, que se consumía masivamente entre los vecinos de ese sector desde la década de 1950 hasta finales de los años ochenta aproximadamente. 

Uno de esos moradores es Jorge Carrera, de 75 años, quien llegó a Quito desde Ambato (Tungurahua) junto con sus padres y se instalaron a vivir en San Roque, en una casa ubicada en la calle Chimborazo, entre Bolívar y Rocafuerte. Recuerda que en el mercado se vendía pan de Ambato, pero existía uno de sabor especial y era preparado por un indígena de origen ambateño de apellido Quisimalín.
 
El producto tuvo tanta acogida que los moradores comenzaron a llamarlo "Quisimalín" a cada uno de estos panes. "Era cotidiano escuchar a la gente de ese tiempo decir: Véndame tres quisimalines", recuerda Carrera. 

No se trataba de una panadería. Era un pequeño puesto ubicado dentro del mercado de San Roque, cerca de la entrada principal por la calle Rocafuerte. El producto se exhibía en una gran caja de madera con vidrios, para que los clientes puedan observarlo.

La familia elaboraba en Quito un pan con la receta tradicional que era secreta. “Ese pan de Ambato le soy sincero, lo extraño”, cuenta Carrera. Aunque ha viajado varias veces a la capital del Tungurahua, nunca volvió a encontrar un pan igual al que elaboraba aquella familia.

Para los vecinos de San Roque, el llamado “pan de Quisimalín” se convirtió en uno de los favoritos.

La tradición, sin embargo, desapareció con la muerte del hombre que lo elaboraba y vendía. Ningún integrante de esa familia continuó con la producción y, con el paso de los años, el recuerdo quedó limitado a quienes conocieron aquel pequeño puesto.

¿Cómo eran los quisimalines y otros panes?

Carrera recuerda incluso algunas de las variedades que más disfrutaba en su infancia. Una eran los molletes que tenían un condumio de carne mechada y eran sabrosos. Existía otra variedad de masa suave y ligeramente dulce, tostado por fuera y con un sabor particular que lo hacía especialmente atractivo para los niños.

También estaban las rosas, muy suave que tenía la forma de una flor. Y estaban las empanadas de queso, diferentes de las que actualmente se encuentran en las panaderías. Tenían abundante queso y, recuerda Carrera, en ocasiones parte del relleno se salía por los bordes durante la cocción.

El precio exacto de aquellos panes se ha perdido en su memoria. Sin embargo, recuerda perfectamente una costumbre de la época: el denominado “pan con vendaje”, una especie de yapa que entregaban algunas panaderías.

Por un sucre, explica, se podían recibir seis panes en lugar de cinco. Algunos vecinos incluso han viajado a Ambato para buscar un pan similar, pero no lo han logrado. Lo definen como una "golosina inigualable"

La panadería de los Ponce Enríquez

En la calle Bolívar, cerca de la iglesia de San Roque y en dirección hacia San Francisco, existía además la panadería de la familia Ponce Enríquez, relacionada con el expresidente Camilo Ponce Enríquez, quien gobernó Ecuador en el periodo 1956 - 1960. 

Allí se vendía un pan pequeño y suave conocido como “los Camilos”, haciendo referencia al nombre del exmandatario. Carrera recuerda que cada pan costaba alrededor de 20 centavos, pero al comprar un sucre de pan se recibía uno adicional.

Son detalles que, aunque parecen pequeños, permiten reconstruir la vida cotidiana de aquel Quito en el que las monedas, las “yapas” y las compras diarias formaban parte de la rutina de las familias.

Un mercado diferente al actual

Carrera también hace una precisión sobre las fotografías antiguas del mercado que circulan en redes sociales. El lugar que recuerda era conocido por los vecinos como mercado de San Roque. Le llama la atención que actualmente algunas referencias lo denominen mercado de San Francisco.

Desde la esquina del mercado hacia la parte superior no existía otro centro de abastos, sino principalmente viviendas. También había lavanderías y baños públicos. Más arriba comenzaba el camino hacia el antiguo penal García Moreno.

El mercado, por tanto, no era solamente un espacio comercial. Era parte de un barrio densamente habitado y de una ciudad que todavía tenía buena parte de su actividad concentrada en el Centro Histórico.

La manteca de chancho y las tiendas de barrio

Entre los recuerdos que más le llaman la atención a Carrera está la manera en que se compraban algunos productos básicos.

El aceite todavía no formaba parte de las compras habituales de muchas familias. Para cocinar se utilizaba principalmente manteca de chancho.

Frente al mercado había una tienda que era uno de los principales establecimientos. Allí la manteca se vendía al peso, utilizando las antiguas balanzas de dos platillos. El producto se envolvía incluso en trozos de papel, que en ocasiones podían ser periódicos.

Son escenas que hoy parecen lejanas, pero que para quienes vivieron aquel Quito formaban parte de la cotidianidad.

viernes, 14 de agosto de 2026

"Dios me dio una oportunidad": La historia de Carlos Ordóñez, el bailarín callejero de Quito

Carlos Ordóñez caminando junto a La Catedral, en el Centro Histórico de Quito. Foto: Diego Bravo. 

Carlos Gustavo Ordóñez Macías, de 46 años, es un conocido personaje que recorre las calles y plazas del Centro Histórico de Quito. La gente lo identifica inmediatamente cuando aparece con su parlante y baila las canciones de Gary Glitter, el icónico cantante británico de rock and roll a quien considera su máximo ídolo. 

En el sector lo conocen como “Tío Renato” o “Borrego” por su cabello ensortijado. Hace dos años, mientras recorría las calles del Casco Colonial durante un fin de semana, lo encontré bailando frente a un grupo de personas. Tras terminar su show me acerqué y accedió a una entrevista, que la he tenido guardada por largo tiempo. 

En ese tiempo, se pintó el cabello de verde con spray para grafitis. Lo acompañaba su perrita la que bautizó como Niña

Quito ha tenido personajes icónicos a lo largo de la historia, ¿se le puede considerar al "Borrego" como una de las nuevas figuras del Centro Histórico como el Águila Quiteña u otro?

¿Cuál es su nombre y de dónde es usted?

Me llamo Carlos Gustavo Ordóñez Macías. Soy de Quito, específicamente del sector de San Juan, detrás de La Basílica, del parque Matovelle. Mi perrita se llama Niña y me acompaña a todas partes, es mi mejor amiga.

¿Cuánto tiempo lleva dedicándose a bailar?

Para serle sincero, yo andaba robando, andaba en malos pasos. Pero Dios me tenía preparada una oportunidad y, para serle sincero, pagué cana en Cuenca y no me gustó. Con todo respeto, cuando murió mi mamá, yo estaba en Cuenca (detenido). Ahí comprendí todos los consejos que me daba: “El bien pagas bien, el mal pagas mal”. Entonces, Dios me dio una oportunidad.

 ¿Desde qué edad comenzó a robar?

De chamo, más o menos desde los ocho años y medio.

¿Y cómo empezó?

Eran cosas sencillas, pero después ya lo hice en cosas más fuertes. Lo más sencillo era robarme unos cinco sucres. Y terminé robando más alto, hasta 100 dólares.

¿Robaba en la calle?

Sí, a los transeúntes, pero me arrepiento de todo corazón.

¿Su mamá de qué murió?

Tenía una fuerte diabetes.

¿Por qué no baila reguetón?

No me gustan las canciones de ese género. Cantan pestes, con todo el respeto. Hay una que habla de un gato volador, ¿qué es eso? Nunca se ha visto un gato volador. Así hay otras sin sentido. Yo escucho Gary Glitter y me he convertido en un personaje viral en TikTok. Me subieron a esa red social los de un restaurante en el Centro Histórico. 

¿Usted ahora sobrevive de lo que baila?

 Sí, pero a veces la gente no me colabora. Yo paso bailando y existen personas que me regalan 25 centavos o me filman. Una vez me dijeron: “Oye, te están filmando, estás en TikTok, eres viral”. Soy viral, todo el mundo me ve. Me siento bien al saber que todo el mundo me reconoce y más con la música del recuerdo, de la vieja guardia. Esto me agrada, pero al rato de pedir una colaboración no me apoyan. O sea, me graban con sus celulares y se hacen los tontos.

¿Cuánto es lo máximo que ha conseguido en un día?

Lo más que he sacado han sido unos cuatro o cinco dólares.

¿Y eso le alcanza para vivir?

Para sobrevivir el día a día. También colaboro cortando las hierbas del parque; alguito me dan para comer y subsistir. 

¿Dónde vive actualmente?

Duermo en el parque Matovelle, atrás de la visera. Dos veces me ha sacado el Municipio, pero no hago mal a nadie. Mejor cuido a la gente y le ayudo

¿Cómo se consiguió el parlante?

Con mi plata que saqué del baile y de lo que cuido carros. Me costó unos 40 dólares. Me quiero comprar otro, pero hay mucha gente que me sigue y no me colabora, pese a que sabe donde vivo.

¿Tiene algún apodo?

Me dicen borrego porque soy zambo desde chiquito.

¿Porqué está con la cabellera de color verde?

Me pinté con aerosol para grafitis. No me hizo daño, pero no tenía plata para comprar otra cosa. Llama mucho la atención cuando bailo y muevo la cabeza. 

¿Dónde consigue la ropa?

Me la regalan. Esta chompa de vigilante que llevo puesta me la obsequió un amigo. Todo proviene de las manos generosas.

¿Por qué no busca otro trabajo?

No me gusta tener jefes. Yo soy el jefe y el empleado. Si quiero laboro y si no quiero simplemente no lo hago; lo mejor es depender de uno mismo. 

¿Por qué no tiene dientes?

De chamo perdí una parte de los dientes porque tuve un accidente en bicicleta.  El resto se fue cayendo poco a poco. No me he puesto otros y vivo así. Ni siquiera me quedan las muelas. Solo tengo encías. 

¿Cómo se alimenta?

Trato de masticar con las encías que son duras. Casi no puedo comer carne y no la consumo, me toca machacar mucho para digerirla.

¿Cuántas veces al día se alimenta?

Una vez, pero más me pego pan con cola. También voy a los restaurantes que me conocen para pedirles que me regalen un plato de comida. Siempre lo hago con mucho respeto.

Carlos Ordóñez junto a su mascota que se llama Niña. Foto: Diego Bravo C. 








 

miércoles, 12 de agosto de 2026

10 datos históricos clave del parque de La Alameda en Quito

Construida por el arquitecto Francisco Schmidt en 1895. Actualmente, esta pileta no existe.
La fuente de la Plazuela de La Alameda que ya no existe. Foto tomada en 1901. Autor: Anónimo/Colección del BCE.

El Parque de la Alameda es uno de los tradicionales e históricos lugares de esparcimiento en Quito. Su historia refleja una parte del crecimiento de la ciudad y conserva recuerdos que forman parte de la identidad y memoria de los quiteños. 

Para rendir homenaje a este lugar, voy a contarles 10 datos clave que los quiteños deben conocer:

1. El corregidor Francisco de Sotomayor, en 1596, propuso poner en orden los ejidos, los tambos y los montes anexos a la ciudad que eran ocupados por colonos e indígenas. Los trabajos iniciaron el 8 de marzo de 1596.

2.- ¿Qué significa La Alameda? Es un arbolado de álamos nativos de Europa. Los cronistas de esa época afirman que Sotomayor se inspiró en la Alameda de los Obispos de Córdoba para denominar al campo que se alistaba en Quito. 

La antigua esquina de La Virgen en La Alameda en 1950
La antigua Esquina de La Virgen en 1950, junto a La Alameda. Foto: Remigio Noroña / Archivo BCE. 

3.- En Quito no existían de forma natural los álamos, sino otras especies nativas. Por eso, en ese tiempo, resultaba exótico el nombre de Alameda. Aunque el parque recibió el nombre de La Alameda precisamente por un proyecto colonial centrado en la plantación de álamos traídos desde España o México, las condiciones del suelo y climáticas de Quito impidieron que estos árboles crecieran o se adaptaran con éxito.

4.- La Alameda es considerada el vértice natural de convergencia o divergencia de la dinámica de la ciudad prehistórica y de la histórica de Quito. Al triángulo que forma la ciudad, los indios la llamaban Chuquihuada. Quiere decir punta de lanza.

5.- En 1864, el entonces presidente Gabriel García Moreno recibió semillas de eucalipto por parte de los caballeros quiteños Carlos Aguirre Montúfar y Rafael Barba Jijón, quienes residían en París. Las hizo sembrar en La Alameda en la Plaza Grande y La Alameda. Esos árboles crecieron muy rápido y se hicieron enormes. Descubrió que no eran ornamentales sino forestales para leña y madera. Con el pasar del tiempo, formaron un bosque cerrado.

Tras el portón de La Alameda en 1920
Tras el portón de La Alameda en 1920. Foto: Remigio Noroña / Archivo BCE.  

6.- Con la madera de esos eucaliptos de La Alameda, García Moreno instaló los pisos y cubiertas de la reconstrucción del Palacio de Gobierno y empezó a formar en él las salas legislativas que habían funcionado en la casa de San Carlos, junto a la iglesia de Cantuña. Esas reconstrucciones duraron hasta 1892.

7.- Luciano Andrade María habla de que hubo una nueva fundación de La Alameda. La primitiva casi  desapareció en el siglo XVI. Sin embargo, en 1746, un nuevo corregidor de Quito, don Ramón Joaquín Maldonado, se propuso formar una Alameda. En los viejos libros del cabildo consta una acta del 27 de septiembre de ese año: 

"Que se hallara principiando a formar una Alameda de árboles de tres calles que estaban delineadas: la principal de 14 varas de ancho y las colaterales de seis varas con cuatro hileras de árboles delineados entre dos zanjas para el resguardo de plantas...".

Esta iniciativa no tuvo acogida.

Eventos por la inauguración del monumento a Bolívar.
En 1928, actos organizados por el Comité pro Monumento a Bolívar, en el lugar exacto donde se inauguró siete años después. Foto: autor anónimo / Archivo BCE.

 8. El historiador Luciano Andrade Marín cuenta en sus crónicas que el presidente Antonio Flores (1892) propuso que La Alameda se convierta en un pedacito de los Jardines de Versalles en la capital. Contrató a los horticultores Enrique Fusseau de Francia y don N. Santoliva de Italia, quienes fueron traídos al país por Gabriel Álvarez para el desarrollo de la fruticultura moderna en sus haciendas de Patate (Tungurahua). Los llamó de Ambato a Quito y los contrató para que hiciesen una acabada obra de jardinería francesa en La Alameda. 

9.   En 1889, lo primero que llamaba la atención de La Alameda era el Observatorio Astronómico. Pasó a ser no solo un lugar de esparcimiento, sino uno de ciencia. Muchos quiteños opinaban que los eucaliptos que se sembraron allí no daban un buen aspecto al paseo; bajo su sombra era casi imposible tener flores. Por eso, hubo personas que celebraron cuando los talaron y sembraron plantas ornamentales.

10. La cuarta remodelación de La Alameda fue en 1786, cuando la Real Audiencia de Quito era gobernada por Juan Joseph de Villalengua y Marfil. Construyó el gran portón de tres arcos que estuvo allí hasta 1934 y se lo derrumbó para levantar el monumento a Simón Bolívar. Colocó tres columnas salomónicas estriadas de piedra, dos coronadas por ángeles y la otra por una figura de La Fama.

Arregló la laguna, sembró árboles y plantas florales. 

Portón de La Alameda
El portón de La Alameda en 1910. Foto: José Domingo Laso / Archivo BCE.  






domingo, 7 de diciembre de 2025

1909, año importante para Quito

 

Foto: Internet. 

Por Bolívar Bravo Arauz para El Comercio

El año 1909 tiene especial importancia en la vida de la República y particularmente en Quito. Se celebra el primer centenario del Primer Grito de la independencia en América Hispánica. Con dos acontecimientos de singular relieve se conmemora la gesta libertaria.

La inauguración del monumento en la antigua Plaza Mayor, Plaza de la Independencia y la apertura de la exposición nacional en el palacio construido para el efecto en La Recoleta, hoy ocupada por el Ministerio de Defensa y y en otra época por la Escuela Militar. Ocupaba la Presidencia de la República el general Eloy Alfaro. Los ministerios de Estado eran cinco: de lo interior, cuyo titular era el doctor Octavio Díaz, subsecretario el doctor José M. Pérez y jefes de sección Antonio C. Toledo (el poeta), Luis F. Vela y Alberto Mogro; de relaciones exteriores, el doctor José Peralta; de Instrucción Públicas, Bellas Artes, Correos y Telégrafos, el doctor Alejandro Reyes; ministro de Guerra y Marina, el doctor Francisco Martínez Aguirre y de Hacienda y Crédito Público, don Luis A. Dillon.

Ocupaba la presidencia de la Corte Suprema de Justicia el doctor Belisario Albán Mestanza; a la Presidencia y Vicepresidencia de la Cámara del Senado, los doctores Carlos Freiles Zaldumbide y Abelardo Pozo y la Presidencia de la Cámara de Diputados, el doctor Abelardo Montalvo. 

El Rectorado de la Universidad Central lo desempeñaba el Dr. Francisco Andrade Marín y la Presidencia del Concejo Municipal de Quito, el Dr. Enrique Freile Zaldumbide.

Leopoldo Narváez era Intendente de Policía de Pichincha. La Gobernación de la provincia se hallaba ocupada por el Dr. Carlos Alberto Arteta. Director del Observatorio Astronómico era el ingeniero Carlos A. Tufiño. Decano de la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad Central, el Dr. Ángel Modesto Borja; decano de la Facultad de Medicina, el Dr. Guillermo Ordóñez. 

Jefe político del cantón Quito, el Dr. Emilio Pallares Arteta; alcaldes municipales: Dr. Alfonso Ribadeneira, Dr. Luis Sánchez y Dr. Alejandro Troya. Directora de la Biblioteca Nacional, la escritora doña Zoila Ugarte de Landívar y secretaria María Natalia Vaca. La biblioteca funcionaba en el edificio de la Universidad Central. Director de Correos, Manuel Stacey. Arzobispo de Quito era Monseñor Federico González Suárez.

En el Palacio de Gobierno funcionaban, a más de la presidencia, los ministerios de Gobierno, Instrucción Pública, Guerra y Marina. El Congreso Nacional, la Tesorería de la Nación, la Imprenta Nacional y se despachaba el correo en las ventanillas del pasillo principal. 

El presupuesto aprobado por el Congreso Nacional ascendía 15'836.132 sucres. La deuda del Estado sumaba 15'403.683 sucres, deuda que se debía principalmente a los bonos emitidos por The Guayaquil and Quito Railway Company que llegaba a la cantidad de 13'208.910 sucres y el resto a la deuda inglesa por las guerras de independencia. La moneda nacional consistía en el cóndor oro, valor de 10 sucres. Circulaba el sol de plata de 900 milésimos de ley y más monedas fraccionarias.

En cuanto a la luz eléctrica, por algo que se le había denominado a Quito Luz de América. No andábamos en tinieblas, se contaba para una ciudad de 70 000 habitantes con la planta de Quito Electric Light & Power Company, planta norteamericana, la planta de los herederos de Martinot y la de la señorita Isabel Palacios. La una se hallaba instalada en la Piedrahita y la otra en el infiernillo de Guápulo.

La planta norteamericana suministraba el alumbrado público que consistía en 200 lámparas de arco de 450 vatios y gran parte del alumbrado particular, unas 4 000 lámparas de 16 bujías. Podía desarrollar hasta 10 000 caballos de fuerza. Las otras dos plantas atendían únicamente el alumbrado particular.

La planta norteamericana tenía accionistas y su capital llegaba a 450 000 sucres (oro), dividido en 22 500 acciones de 20 sucres que poseía la Anglo-French Pacific S.de Londres y otras de 12 950 acciones de 20 sucres con un valor de 259 000 sucres en manos de particulares. 

No había una gran corriente turística. Llegaban pocos "gringos". Sin embargo, Quito contaba con algunos buenos hoteles. Gran Hotel Continental de Pérez & Proaño, hotel situado en las calles Venezuela y Sucre (Casa Azul que fue del Mariscal Sucre y de la Marquesa de Solanda). El Gran Hotel Royal, de Filemon Froment, lujoso, que funcionaba en la calle Venezuela, en la casa que hoy ocupa la firma Briz Sánchez; el Hotel Ecuador de Ernesto Iturralde y se anunciaba con bombos y platillos la próxima apertura del Hotel Europa.

Solo años después, don Isaac Aboab abrió el Hotel Metropolitano en el local en el local que hoy ocupa el Hotel Viena y que luego pasó al Parque de la Independencia. 

Se consigna para recuerdo que en la ciudad franciscana, para alivio de los dolientes habitantes, había las siguientes boticas y droguerías. Botica inglesa fundada en 1887 de propiedad de Don Manuel Zaldumbide y que atendía en su local de la calle Bolivia (hoy Espejo); Guayas, del Dr. Carlos G. López en la esquina de la en la esquina de San Agustín. 

Tiendas A, B, C, D, E y F Nacional de Mariano Barriga, en la Plaza de San Francisco. Alemana de Don de Don Antonio Mortensen, fundada en 1875, año en que fue asesinado el presidente García Moreno; además, tenía una sucursal a cargo el doctor Teodomiro Andrade; Botica Americana en la Plaza de Santo Domingo y la Botica Sucre, fundada en 1906 por el doctor Miguel Jijón Bello.

Corre el año 1909, del Centenario del Primer Grito de Independencia. A más de las grandes celebraciones de las veladas, desfiles, inauguraciones, entre las que se destaca la de la primera Clínica Quirúrgica de los doctores Isidro Ayora y Ricardo Villavicencio Ponce. 

La industria textil comprendía elaborados de lana, algodón y cabuya. Entre las fábricas existentes de la época podemos mencionar la de Chillo de los herederos de Jijón-Larrea, que elaboraba magníficas telas de algodón y lana. A la entrada de Quito, la fábrica El Progreso de la señorita Isabel Palacios que producía telas de algodón. La fábrica de Don Francisco Salvador Ordóñez.

Debe recordarse que la fábrica textil La Internacional fue establecida en 1922, por iniciativa de Luis Napoleón Dillon para dar trabajo a los obreros, mediante acciones de la Sociedad de Crédito Internacional.

También se anota una fábrica de tejidos de algodón, en Ambato. La La textil Barona-Berch; la textil Imbabura de don Fernando Pérez Quiñones. 

Una industria próspera era la de los molinos de harina. Entre los principales molinos encontramos el de la señorita Isabel Palacios, el de los herederos Manuel Jijón Larrea, de Nicanor Palacios, de Enrique Gangotena y de los industriales Arsenio Poultier, Lafiter Khor, que tenían sus instalaciones en Latacunga y Ambato. 

Encontramos los aserraderos de Manuel Gómez de la Torre y, sobre sobre todo la fundición de metalurgia de hierro y bronce de Martinot.

Es necesario destacar la producción de molino de trigo de Edmundo Catefort, en el centro, cuya vasta producción de trigo la aprovechaba el dueño del Hotel París, que tenía su asiento en las calles García Moreno y Mejía y que suministraba las famosas palanquetas conocidas con el nombre de Charpentier.

Entre las fábricas de gaseosa cabe mencionar la Fama de Guarderas, los sifones y la afamada agua de Tesalia. Se traía de Francia el agua de Vichy. 

En 1909, año del Centenario, como hemos anotado, la ciudad contaba con buenas cervecerías. La cerveza era buena y barata. Tenemos en primer lugar la cervecería La Campana que producía 35 000 docenas al año. Se trataba de una compañía anónima.

Luego, encontramos la Imperial de propiedad de Don Guillermo Hermann, alemán, con una producción de 20 000 docenas de botellas al año. La cerveza Panecillo de G. Dammer, alemán, con una producción de 12 000 docenas de botellas al año. Cervecería La Victoria con una producción de 10 000 docenas de botellas al año. El ferrocarril Enríquez-Silva con una producción de 8 000 docenas de botellas al año.

No menos importante era la producción de cigarrillos, escobas y fósforos de la fábrica El Progreso de Leopoldo Mercado. Tenía sus factorías, la una en Guayaquil y la otra en el Valle de los Chillos. 

La fábrica de Avelino Herrera producía cigarrillos de dos marcas: Cuba Libre y El Triunfo. Habían también la fábrica de cigarrillos La Corona de Modesto Sánchez Carbo y El Vencedor. Teófilo Dávila producía los cigarrillos Flor del Ecuador. Se industrializaba alrededor de 700 000 kilos de tabaco al año y se exportaba.

En cuanto al agua ardiente, la producción era de 11 millones de litros al año por un valor de tres y medio millones de sucres. Había varias fábricas de elaborados como la de Flores. La fabricación de aguardiente de uva, cuya exención de impuestos la hizo el Congreso para fomentar su industrialización. 

INICIO DEL PROGRESO

Quito iniciaba su etapa de progreso. En junio de 1908, se inauguraba el Ferrocarril del Sur, luego de grandes dificultades, pues se trataba de una obra atrevida, llevada a cabo por el Viejo Luchador. Se unía a la Costa y la Sierra, se trataba de una obra redentora.

La ciudad era pequeña, pero acogedora. Los comerciantes de sana conciencia y con artículos de fina novedad, importados del extranjero, de duración y excelente calidad. Había de todo y de nada se carecía.

Los principales comerciantes mayoristas eran Domingo Brescia, Leopoldo Brawe, Carlos Baca, Ramón Barba Naranjo, Juan Barriga, Manuel Jijón, Ignacio Heredia, Narváez e Hijos, Teresa Alvear, Rafael Cohen, Pedro Durini, Alberto Dobronsky, Francisco Llopard, Alfonso P. Eguiguren, Manuel J. Recalde, Ángel Bueno, Nicanor Bedoya, Empresa de Coches Interurbana, La Imperial, The Andean Trading, Luciano Cadena, Guillermo Dammer, J Guzmán.

El cuerpo médico era respetable. Entre los médicos encontramos a los doctores Gabriel Araujo, Juan Arcos, Guillermo Ordoñéz, Miguel Legas, Isidro Ayora, Víctor Vayas, Max Ontaneda, Alejandro Luna Andrade, Ricardo Villavicencio, Alejandro Mosquera V.

Farmacéuticos: Teodomiro Andrade, Alejandro Altuna, Pablo Vaca, José Batallas, Manuel Calisto, Fernando Cevallos, Adolfo Endara, Eliseo Flor. Escribanos Fernando Avilés Flores, Luis F. Mesías, Luis Paredes, Daniel Rodríguez, José M. Correa.