| Esquina de las calles Rocafuerte y Venezuela. En la gráfica, Rosa Flores (viste falda) frente al heladero Manuel Nicanor. Fuente: Grupo de Quito, fotografías antiguas. |
Rosa Flores Revelo nació en Tulcán, provincia del Carchi, en 1905. Llegó a Quito siendo muy joven, cuando apenas tenía 15 años, después de quedar huérfana. Dedicó su vida a la venta de periódicos y revistas en la esquina de las calles Rocafuerte y Venezuela del Centro Histórico. Su puesto se convirtió en el sustento de la familia y en un punto conocido para quienes transitaban por aquella zona.
Patricio Domínguez es su nieto y vivió con ella desde los siete años. A los nueve comenzó a ayudarla en el negocio diariamente. En las madrugadas debía subir hasta La Victoria, en San Roque, para recibir los periódicos que llegaban desde San Bartolo, donde se imprimían. Después regresaba a la esquina para venderlos.
Esos momentos viven en su memoria y corazón: mientras él voceaba “¡El Comercio, El Comercio!”, su abuela lo esperaba con un termo de leche caliente y un pan con queso y jamón. Quito era frío en horas de la madrugada y aquel desayuno era una forma de entrar en calor antes de comenzar la jornada.
La familia compraba los alimentos diariamente porque en aquella época no existían las refrigeradoras. La carne se adquiría donde una señora Rosita, en la zona de Santa Clara de San Millán; la manteca de cerdo se compraba donde doña Clarita, en San Roque. La alacena de madera servía para guardar los alimentos y permitir su ventilación.
Los personajes de la esquina
Hubo varios comerciantes y personajes que formaban parte de la cotidianidad. Uno de ellos era Manuel Nicanor, conocido por vender helados de mora y guanábana; siempre le ponía un puntito de arrope en la punta de la crema; era muy querido por la gente. También estaba el propietario del Almacén Popular, Jorge Polo, recordado como una persona muy respetada en el barrio.
Frente a estos comercios funcionaba la papelería de Hugo Muñoz Gavilanes, quien distribuía productos estadounidenses de papelería: bolígrafos, stickers, tarjetas y recuerdos. Posteriormente también se convirtió en distribuidor de los cuadernos La Reforma. Patricio Domínguez recuerda que trabajó allí durante su adolescencia, aproximadamente hasta los 15 o 16 años.
Otro lugar especialmente presente en sus recuerdos es la Heladería Caribe, famosa por sus dulces, quesadillas y tortas de chocolate. Una mujer comercializaba huevos cocidos. Mientras vendía, sus productos, solía decir en voz alta: "¡Le pelo el huevo señor! ¡Le pelo el huevo señorita!".
También recuerda a quienes vendían las tradicionales colaciones y mistelas, dulces que formaban parte del paisaje gastronómico del Quito de esa época.
Una ciudad que parecía más tranquila
Domínguez recuerda que había mucha menos delincuencia y existía una sensación de tranquilidad. Su memoria asocia una imagen de Quito como “isla de paz” y ciudad franciscana. No se trata solamente de una descripción histórica, sino de la percepción de cuando era niño y podía recorrer libremente las calles y convertir los espacios públicos en lugares de juego.
Uno de sus sitios favoritos era el pretil de calle Venezuela, con sus pequeños muros y barandas de hierro. Allí imaginaba que era piloto de carreras. Mientras recorría los pretiles, reproducía en su imaginación las transmisiones deportivas de Radio Nacional Espejo y Radio Melodía de la Vuelta Automovilística al Ecuador, dos emisoras que recuerda como grandes referentes del deporte quiteño.
Se imaginaba que era Luis "loco" Larrea al volante y que disputaba cada carrera. Por eso, aquel muro se transformaba en una pista de automovilismo y él, en un corredor que competía vuelta tras vuelta.
La Navidad también transformaba el sector
El comercio aumentaba y el puesto de la abuela se llenaba de productos propios de la temporada: bombillos, luces navideñas y algodón utilizado para simular la escarcha en los árboles.
La esquina era, según Domínguez, un lugar intensamente comercial. Por eso la esquina no era simplemente un punto geográfico. Era casa, trabajo, escuela de vida y lugar de encuentro.
La memoria de Rosa Flores Revelo
Rosa tuvo cinco hijos, todos quiteños, y falleció en el año 2000, a los 95 años. Su nieto aún conserva una imagen muy particular de sus últimos días. Cuenta que su abuela permaneció lúcida hasta el final de sus días y que continuaba realizando sus actividades cotidianas: cocinar, limpiar y lavar.
Quince días antes de su muerte había fallecido una de sus nueras, pero la familia decidió no contarle la noticia para evitarle sufrimiento. Una noche, sin embargo, Rosa dijo que había venido a verla Maruja, la esposa de su hijo Carlos, y que le decía que se fuera con ella. La familia quedó sorprendida porque Rosa no sabía que Maruja había fallecido.
Según el relato de Domínguez, aquella misma noche Rosa se quedó dormida y murió tranquilamente al día siguiente.Conserva este episodio como una de las últimas y más conmovedoras historias.
El pan de los Quisimalín
Entre los recuerdos aparece también el antiguo pan que llegaba desde Ambato y que se vendía en un mercado ubicado en las cercanías del penal García Moreno.
El entrevistado recuerda panes de queso, de mantequilla, de yema y con carne. Los describe como una verdadera delicia y asegura que, aunque ha intentado encontrar aquel sabor incluso viajando a Ambato, nunca volvió a encontrarlo.
Esos recuerdosson importantes porque permiten reconstruir la ciudad desde los sentidos: el olor del pan recién llegado, la leche caliente de la madrugada, la manteca de cerdo, los helados de mora y guanábana, las quesadillas y las tortas de chocolate.
La esquina del movimiento
Uno de los datos más interesantes es que aquella zona (Rocafuerte y Venezuela) era conocida popularmente como “la esquina del movimiento” por la presencia de comerciantes, periódicos, papelerías, alimentos, niños, compradores, trabajadores y transeúntes confluyendo diariamente.
La fotografía de Rosa frente al Almacén Popular constituye un vínculo material entre aquella memoria oral de la gente y los recuerdos del Quito antiguo.
La historia de esta esquina no está solamente en sus edificios, en los registros catastrales o en las imágenes antiguas. Está también en la voz de quienes crecieron allí. En la abuela que esperaba a su nieto con leche caliente antes del amanecer; en el niño que imaginaba ser piloto de carreras sobre los pretiles; en los helados de don Nicanor; en la papelería de Hugo Muñoz Gavilanes; en los periódicos voceados por las calles; en el pan que llegaba desde Ambato y en los comercios que convertían aquel lugar en un punto de intercambio comercial y amistad.