| El letrero que hasta ahora existe en la intersección de las calles Olmedo y Mires. Foto: Diego Bravo C. |
Ese matrimonio tuvo una hija, una niña muy hermosa que acaparaba las miradas de los jóvenes conforme iba creciendo. La escritora la describe como una chica nacarina y bella que emergió de los más bellos jardines de su casa con mucho amor. "Novedosa era en la ciudad la coquetería de la hermosa que se la vio más de una vez en parloteo con los mozos de la vecindad".
La apodaron la Chilena por el origen de sus padres. Múltiples relatos o leyendas comenzaron generarse en torno a su figura e imagen. Una fue que, al observar la procesión de un entierro desde el balcón de su casa, un acompañante le regaló una vela que al otro día se convirtió en el hueso amarillento de un muerto.
Otra historia que reseña Pérez de Oleas: "Que otra noche le habló de amores un apuesto doncel cubierto con una capa negra y roja: que ella respondió apasionada a su reclamo y cuando él la estrechaba en sus brazos, se tornó la capa en un haz de llamas y salvó de ser llevada a los infiernos por Satanás -que era el guapo galán- gracias a una medalla milagrosa que llevaba colgada en su pecho. Todo esto como un castigo a su curiosidad y coquetería".
Se casó con el caballero chileno Domingo Lastarria y Bastarrachí, a quien los celos y dudas lo amargaron. Ansioso de paz, él dejó la ciudad y se dedicó a hacer trabajos agrícolas que lo alejaban de su casa y familia por largas temporadas. En esa ausencia de su marido, la muerte se anamoró de la Chilena y la persiguió hasta que una vez trató de ahogarla. Arrepentida, ella buscó confesión hasta llegar a un fraile mercedario de la Recolección del Tejar.
El religioso entró al dormitorio de la Chilena para confesarla cuando estaba enferma. Al mismo tiempo, Domingo Lastarria decidió volver y entró a la franciscana ciudad de Quito galopando en su caballo a toda velocidad. Cuando llegó a la casa, encontró a su esposa junto al fraile. Él inclinando su cuerpo hasta casi tocar la boca del rostro pálido de su mujer en delicadas condiciones de salud.
El marido enfureció. La mató de un solo tajo y lo mismo pasó con el monje. En esos momentos, la hermana de la Chilena ingresó al cuarto con un niño en sus brazos. Ella se impresionó tanto al ver la macabra escena que dejó caer al pequeño de sus brazos. "El padre cruel y vengativo, no saciado aún con tanta sangre, juzgando en su ceguera celosa que su hijo era resultado del adulterio de su esposa, lo tomó de los pies y con golpes feroces y repetidos lo despedazó contra el muro...", narra Pérez.
La hermana le reprochó por el crimen y Lastarria huyó en su caballo. Dos días después, en horas de la madrugada, paró con su caballo en la entrada de un poblado donde una mujer hermosa, con un niño de pocos meses, en los brazos, se aceró a él y... "¡oh terror para el delincuente!... habló el niño".
Le dijo:
- Por la sangre inocente derramada lloverá fuego y ceniza en la ciudad de Quito.
Intercedió la madre:
- Pero yo me pondré en la puerta y el fuego cesará.
Lastarria quedó devastado moralmente y físicamente. Se fue a vivir en la Amazonía y no se supo de él...
Año 1 660
A mediados de 1 660, en Quito apareció un hombre peregrino y de mal aspecto como si fuera un mendigo. Caminaba como si tuviera cuatro patas y entre los dientes llevaba una campanilla para llamar la atención de la gente. En la espalda llevaba un cartel: "Una limosna para un desgraciado criminal".
Recorría las calles de la urbe y siempre se paraba a observar la casa donde mató a su mujer. Estaba abandonada, con los muros carcomidos y los huecos en las puertas fingían las cuencas de una calavera. Nadie quería vivir allí porque la maldición era vigente. Todos comentaban que allí vivían malos espíritus.
Una vez, el hombre intentó ingresar y se arrastró por el patio, la escalera y pisos de madera. En su mente, reconstruyó la tragedia y recordaba lo que le dijo el niño: "Por la sangre inocente derramada lloverá fuego y ceniza en la ciudad de Quito". También las palabras de la bondadosa mujer.
Se asomó al hueco donde estaba la ventana de la casa y vio deslizar, desde la quebrada, un pequeño y sucio hilo de fango. La tierra tembló de forma súbita muy fuerte y los vetustos muros de la casa vieja se derrumbaron. La ciudad se obscureció por la presencia de una obscura niebla espesa.
Se percibía un fuerte olor a azufre y corrió lavar desde el Pichincha hasta las calles de Quito, arrastrando edificios. La casa de la Chilena donde yacía postrado Domingo Lastarria fue la primera que destruyó el terremoto y la lava del volcán en erupción. La vivienda maldita se acabó y también el criminal que acabó con la vida de su mujer e hijo.
La zona del barrio La Chilena quedó muy afectada por el terrmoto de 1 660 por sus cercanías a las faldas del volcán. Y la leyenda concluye:
En cumplimiento a lo profetizado a don Domingo Lastarria, hallaron, tiempo después, los sencillos y católicos moradores de Quito, una hermosa estatua de piedra que representaba a la madre de Jesús, con su hijo en los brazos, custodiando los bordes del cráter del Pichincha. Esta imagen se encuentra en la actualidad en la Basílica de la Merced, bajo la advocación de Nuestra señora del Terremoto.
¿Qué pasó 300 años después en el barrio?
| Juan Carlos Serrato en la casa donde escuchaba las historias de terror. Foto: Diego Bravo C. |
La gente que vive en La Chilena guarda mucho respeto por esta leyenda y siempre la tiene presente. Juan Carlos Serrato, quien vivió allí gran parte de su vida, recuerda que su abuela, hoy de 95 años, conocía muy bien la historia y la transmitió a sus hijos y nietos.
De hecho, una de las viviendas del sector en las calles Olmedo y Mires tiene un letrero en la parte frontal que dice: "Casa de la Chilena".
Sin embargo, la dinámica del sector ha cambiado. Hasta la década de 1980, todas las casas del vecindario eran ocupadas por familias enteras con cuatro o cinco hijos. Ahora, esos espacios son bodegas, fábricas o locales de comerciantes chinos.
Las condiciones de vida eran muy diferentes. En algunas casas varias familias compartían espacios reducidos. En la vivienda donde creció, por ejemplo, llegaron a vivir alrededor de seis familias.
Los dormitorios podían tener tres o cuatro camas. En una de ellas dormían juntos sus padres, él y su hermana. El baño era compartido y las habitaciones tenían que adaptarse para cumplir distintas funciones.
En su propia casa tampoco había una ducha. Para bañarse, su madre calentaba agua en la lavandería y la llevaba al baño. El baño semanal era una realidad para muchas familias.
Pero hubo una época en que varias cuadras del sector eran conocidas por la presencia de comerciantes provenientes del Carchi, norte del Ecuador y frontera con Colombia. La calle Olmedo, antes de la construcción de los túneles, tenía una conexión distinta con las zonas altas de Quito. En sus alrededores se instalaron familias procedentes de Tulcán, El Ángel, San Isidro y otros lugares del norte.
Aquella zona fue bautizada como “la de los pastusos”. Había peluquerías, zapaterías, tiendas y pequeños comercios. Incluso existió una antigua peluquería llamada Peluquería Carchi.
La presencia de comerciantes del norte también se reflejaba en la comida. Todavía se recuerdan productos como el cuy, el queso amasado, el mote y el hornado pastuso.
Tiendas que eran cantinas
| Allí funcionó (letrero rojo) la famosa tienda de doña Luca en La Chilena. Foto: Diego Bravo C. |
Las tiendas eran otro punto de encuentro. Algunas funcionaban, según Serrato, como cantinas discretas.Recuerda especialmente las tiendas de las doñas Inesita y Marta. Otro local conocido era el de doña Luca.
La bebida también formaba parte de la vida cotidiana del sector. Entre los recuerdos aparece la llamada “sangre de pichón”, una preparación que era consumida masivamente en los barrios populares de Quito. Consistía en la mezcla de la gaseosa Orangine de Mora con licor anisado o aguardiente tradicional (como Traguito, Gallito o Guagua Montado).
Las cantinas camufladas en tiendas se concentraban en determinadas esquinas y se convirtieron en parte del paisaje nocturno del barrio.
Las noches de cuentos
| La esquina de la Olmedo y Mires, donde se ubica la casa de la Chilena. Foto: Diego Bravo C. |
Los hoy adultos recuerdan a don Jorge Gavilanes, un vecino recordado como un gran conocedor de las historias de Quito. Tenía una ferretería cerca de la Plaza del Teatro y, según el relato de la gente, tenía una memoria prodigiosa.
Algunos fines de semana, llevaba a los muchachos a jugar a La Carolina. Para aquellos niños acostumbrados a permanecer en las calles del Centro Histórico, llegar hasta ese parque era casi como viajar a otra ciudad.
Pero las reuniones más memorables ocurrían de noche. Gavilanes reunía a los chicos en el patio de la casa de familia Serrato y comenzaba a contar historias de terror, principalmente La Caja Ronca, La Viuda, La Casa 1028 de Bella Aurora, entre otras.
Los relatos alimentaban la imaginación de los niños y, al mismo tiempo, construían una memoria compartida. Una de las historias que más recuerda Serrato estaba relacionada con el cementerio de San Diego: un hombre que acudía a dejar flores a su novia y terminó muriendo después de que una prenda de vestir quedara atrapada en una rama. "Eran historias que daban miedo, pero al día siguiente, los mismos niños volvían a salir a jugar".
Actualidad
El barrio La Chilena es pequeño y ocupa aproximadamente seis cuadras. Se ubica entre las calles Cuenca, Olmedo, Mires, Cotopaxi e Imbabura. Sin embargo, su historia y tradición es muy rica y fascinante.
Uno de los aspectos que más llaman la atención es que la mayoría de casas conservan su esencia del ayer, tal como lo destacan estas fotos:
| Una vivienda en La Chilena, a pocos metros de la casa de la leyenda. Foto: Diego Bravo. |
| Patio central de una casa tradicional en La Chilena. Foto: Diego Bravo C. |